
Qigong «moderno»: por qué el Qigong que promete sanar acaba, demasiadas veces, siendo una «gimnasia bonita».
Visualiza esta imagen: un grupo de personas alineadas en un parque, manos alzadas como si empujaran el cielo o repitiendo las mismas posturas. Sonrisas para la cámara. Fotos que luego alimentan folletos y redes sociales. La estampa vende paz, comunidad y (por qué no) curación. Pero si rascas la superficie, muchas veces esas sonrisas son como el barniz de un mueble viejo: brillante a simple vista, incapaz de tapar las grietas estructurales.
Y no es la única estampa digna de análisis. En los últimos años, en muchas partes del mundo han proliferado las competiciones de «Qigong Moderno», donde practicantes (individuales o en grupo) ejecutan sus secuencias ante jurados, bajo focos y banderas, para ganar medallas, aplausos, trofeos y atesorar grados de supuesta «maestría» o de nivel duan.
La paradoja es deliciosa: una disciplina concebida para disolver el ego se convierte en una pasarela para alimentarlo.
El Qigong, que en su esencia es silencio interno, se transforma en espectáculo coreográfico, en gimnasia olímpica del «Qi» donde lo que importa ya no es respirar sino impresionar.
El Qigong y la salud han estado unidos durante siglos: esta práctica milenaria tiene el potencial real de mejorar la circulación, la respiración, el equilibrio, el estrés y algunos síntomas crónicos.
Y, sin embargo, en un porcentaje alto de casos no cumple esa promesa profunda: se queda en gimnasia amable, en terapia de bienestar pasajera, en postal feliz. La relación entre Qigong y salud se ha diluido en muchas prácticas de Qigong moderno, convertidas en rutinas de bienestar superficial sin comprensión de su raíz.
¿Por qué sucede esto? Aquí van razones contundentes, enlazadas con un poco de ironía y algo de cariño crítico.
Falta de formación profesional sólida: el maestro sin cimiento.
El primer ladrillo flojo es la formación.
En muchas partes del mundo cualquiera con encanto, una coreografía estéticamente impecable y 10 horas de curso puede “convertirse” en profesor. Esto no es solo una cuestión ética; es una cuestión técnica. El Qigong auténtico no es solo una secuencia de movimientos: exige comprensión del cuerpo, del alineamiento postural, de la respiración coordinada, de la mente intención, y de cuándo adaptar la práctica a una patología concreta.
Muchos instructores de Qigong moderno reducen el vínculo entre Qigong y salud a frases vacías o promesas milagrosas, olvidando que detrás de cada movimiento hay una fisiología precisa y un propósito terapéutico real.
Imagina un reloj cuya esfera es preciosa pero al que le faltan los muelles: marca bonito, pero no da la hora. Lo mismo ocurre cuando la enseñanza omite anatomía, fisiología o criterios de adaptación clínica. Resultado: ejercicios que en manos de un buen instructor alivian y recuperan función, en manos mal formadas son mera coreografía.
Qigong Moderno. Misticismo y mercadotecnia: la bruma que vende promesas.
Existe una narrativa romántica alrededor del Qigong que mezcla filosofía, espiritualidad y (con frecuencia) afirmaciones extraordinarias. “Energías estancadas”, “bloqueos”, “limpieza de meridianos” y otras expresiones poéticas tienen su valor cultural; el problema aparece cuando se convierten en eslogan de venta y en sustituto de explicaciones claras y medidas.
El misticismo, llevado a su extremo, crea dos cosas peligrosas: expectativas irreales (si hago estos movimientos me curaré de X) y la desresponsabilización del aprendizaje técnico. Además, abre la puerta a los llamados vendehumos del Qigong: charlatanes/as de red social fácil que prometen curas rápidas, certificados mágicos y terapias exclusivas. La ironía es ácida: se busca salud con prácticas que, por cómo y por quién se enseñan, no respetan las reglas que permitirían un resultado fiable.
Entre el Qigong Moderno y la salud real: lo que se perdió por el camino.
Fascinación por la forma estética y el exotismo oriental: bonito + oriental = efectivo.
Las clases grupales de «Qigong moderno» muchas veces se convierten en exhibiciones de «buenos movimientos». Secuencias coreografiadas, posturas fotogénicas, coreografías sincronizadas y, por supuesto, ropa de lino o seda y música de flautas chinas de fondo. No decimos que la coordinación y la estética sean malas (al contrario, pueden ser un vehículo motivador), pero el problema es cuando el vehículo se confunde con el destino. El centro se desplaza: se practica para «hacer bien el ejercicio» y salir en la foto, no para entender qué se está moviendo, por qué se hace así, cuánto deben durar las prácticas, qué respiración acompaña cada gesto, ni cómo interpretar el feedback corporal.
A esto se suma una vieja debilidad del espíritu occidental: la fascinación por todo lo que suene «oriental», como si el exotismo garantizara profundidad. Desde los años sesenta, Oriente ha sido un espejo donde Occidente busca su espiritualidad perdida. Y el Qigong, con sus movimientos lentos, su halo místico y sus palabras impronunciables, encaja a la perfección en ese anhelo romántico de «sabiduría ancestral». Y así nos lo venden envuelto en celofán. El problema es que muchos se quedan en la superficie de esa imagen: el gesto sin la comprensión, la forma sin el fondo, la cáscara sin la semilla.
El resultado es curioso: una práctica que nació para cultivar energía interna se convierte en un espectáculo de calma exportada, una versión edulcorada de lo que en su raíz era disciplina interna y trabajo paciente.
Es una antítesis perfecta: Oriente como símbolo de profundidad frente a Occidente como consumidor de postureo y apariencias. Igual que una ópera sin libreto profundo es solo ruido hermoso, el Qigong sin comprensión interna (sin su fisiología energética y sin su intención consciente) es solo movimiento vacío con estética exótica.
Falta de dosis, continuidad y personalización.
Muchos practicantes de Qigong para la salud llegan a este con la esperanza de «salvarse» tras unas pocas sesiones. La práctica tiene efectos acumulativos: su magnitud depende de frecuencia, intensidad y tiempo. Hacer Qigong una vez a la semana durante un mes no es lo mismo que practicar 20–30 minutos diarios durante seis meses. Además, la misma secuencia no sirve para todos: un anciano con artrosis, una persona con depresión y alguien con hipertensión requieren ajustes (en postura, en ritmo, en presión respiratoria) que rara vez se hacen.
Es como recetar la misma pastilla a pacientes con enfermedades distintas por el mero hecho de que ambas «tienen dolor»: la mejora será, en el mejor de los casos, parcial y heterogénea.
Complejidad de las enfermedades crónicas: simplificaciones peligrosas.
Muchas dolencias modernas son multifactoriales: genética, hábitos, comorbilidades, fármacos y factores psicosociales intervienen. Esperar que una serie de ejercicios corrija un proceso metabólico avanzado o una enfermedad autoinmune es, en el mejor de los casos, optimismo mal informado.
En enfermedades como cáncer, diabetes tipo 2 o enfermedad cardiovascular, el Qigong puede ser un complemento valioso (mejorar la fatiga, el ánimo, la adherencia al ejercicio), pero no una «cura». Transferir a la práctica responsabilidades que corresponden a la medicina biológica causa frustración, abandono y, peor, daño.
Efectos no específicos y sesgos cognitivos: la ilusión del éxito.
Cuando alguien mejora después de iniciarse en el Qigong, las atribuciones suelen ser simples: «me curó el Qigong». Pero la mejora puede deberse a múltiples factores: regresión a la media (enfermedades fluctuantes mejoran por sí solas), placebo, cambios en otros hábitos (mejor sueño, menos alcohol), el efecto social de pertenecer a un grupo, o la atención recibida por un instructor. Además, la selección es sesgada: los que sienten mejora publican fotos y testimonios; los que no, desaparecen en silencio.
No es conspiración; es psicología humana. Y mientras la narrativa pública celebra el testimonio, la verdad clínica suele ser más compleja y menos fotogénica.
Heterogeneidad de estilos y falta de protocolos estandarizados.
El término «Qigong» abarca cientos de escuelas y métodos, desde ejercicios estáticos hasta formas dinámicas con respiración sincronizada, pasando por prácticas meditativas. Para la investigación científica y la práctica clínica se necesita estandarización: qué ejercicio, con qué ritmo, duración y criterio de progresión. Sin eso, los resultados son dispersos y poco reproducibles.
Es difícil generalizar cuando «Qigong» significa demasiadas cosas distintas. Es como intentar medir “ejercicio” sin distinguir entre correr, levantar pesas o practicar yoga.
Deficiencias en la investigación y la validación: la ciencia mal servida.
En general, la bibliografía sobre Qigong contiene estudios con diseños débiles: muestras pequeñas, falta de controles activos, problemas de cegamiento, y variable calidad metodológica. Esto alimenta discusiones interminables sobre eficacia real. Mientras tanto, las promesas comerciales no esperan a que la ciencia consolide hallazgos: venden la experiencia anecdótica como si fuera evidencia sólida.
La investigación en el campo necesita mayor rigor; hasta entonces, la brecha entre lo que se proclama y lo que se demuestra seguirá siendo grande.
Cultura del «resultismo» y gratificación inmediata.
Vivimos en una cultura que exige resultados rápidos. El Qigong exige paciencia, constancia y a menudo humildad. Si las expectativas no son de «cura» inmediata, la práctica se descarta. Además, muchos practicantes prefieren la comodidad de la estética y el ritual social sobre la incomodidad de enfrentarse a cambios profundos en hábitos y actitudes.
Vínculo pobre con la medicina convencional y falta de derivación adecuada.
Cuando el instructor no sabe cuándo derivar a un paciente a un profesional médico, ocurren dos problemas: el practicante cree que la práctica lo arreglará todo, o recibe ejercicios inapropiados para su condición. La integración interdisciplinaria (fisioterapeutas, médicos, psicólogos) es rara. El Qigong debería complementarse con la medicina, no sustituirla.+
¿Cómo transformar la práctica Qigong para que deje de ser solo foto?
Si aceptamos las críticas, el siguiente paso es constructivo: ¿qué hacer para que el qigong recupere su potencial terapéutico y no sea una gimnasia bonita?
1. Estándares de formación y certificación.
Crear rutas formativas largas (no fines de semana milagro) que incluyan anatomía, fisiología, adaptación a patologías, ética, y práctica supervisada clínica. Mentores experimentados, horas de práctica guiada y evaluación objetiva son esenciales.
2. Educación del practicante: entender el “qué, cómo y por qué”.
Cambiar el foco de «hacer bien la secuencia» a «comprender el propósito»: por qué alineamos la pelvis, por qué guiamos la respiración hacia el diafragma, cuándo disminuir la intensidad. Enseñar criterios claros de progresión y señales de alarma.
3. Protocolos adaptados y dosificación.
Definir protocolos por condición: por ejemplo, secuencias modificadas para dolor lumbar, dosificación mínima (frecuencia y duración) para esperar efectos, y objetivos medibles (mejorar equilibrio X % en 3 meses).
4. Investigación rigurosa y transparente.
Promover estudios con tamaños adecuados, controles activos, medidas objetivas (fuerza, rango articular, biomarcadores cuando proceda) y seguimiento a largo plazo. Transparencia en financiamiento para evitar conflictos de interés.
5. Integración con sanidad y derivación adecuada.
Formar puentes con médicos y fisioterapeutas (programas clínicos donde el Qigong sea parte complementaria con criterios de derivación claros) ayudará a aplicar la práctica donde realmente aporte.
6. Ética y lucha contra el charlatanismo y los vendehumos.
Campañas de información para el público y «sanciones» para quienes prometan curas milagrosas. Fomentar testimonio responsable: compartir lo que la práctica puede y no puede hacer.
7. Valorizar lo subjetivo sin sacrificar lo objetivo.
No negar la experiencia subjetiva (el alivio del estrés, la sensación de comunidad) pero medirla con herramientas validadas (cuestionarios, escalas de dolor, tests de función). Así la anécdota se convierte en dato.
Qigong Moderno y Salud. Conclusión: entre la foto y la medicina hay trabajo por hacer.
El Qigong tiene la doble naturaleza de ser bello y ser útil. Pero la belleza, sin técnica y sin honestidad, puede convertirse en pura fachada. La transformación que muchos esperan (sanación profunda y sostenida) no depende de un gesto místico sino de una suma de factores concretos: formación rigurosa, protocolos ajustados, investigación sólida, paciencia y honestidad en la comunicación.
No es que el Qigong «no funcione»; es que muchas veces no se le da la oportunidad de funcionar. Lo que hoy vemos en muchas plazas y centros es una práctica con potencial, atada por incumplimientos formativos, expectativas mágicas y economía del espectáculo. Cambiar eso exige disciplina (irónico, quizá) la misma disciplina que el Qigong propone: práctica sostenida, atención al detalle y humildad para aceptar que no todo se resuelve con una postura bonita.
En la práctica bien hecha reside la diferencia entre la foto brillante y la mejora real. Si queremos menos sonrisas de catálogo y más resultados que aguanten la consulta clínica, el camino es técnico, ético y colectivo. Es aburrido decirlo, pero la salud rara vez se conquista con atajos. Es un trabajo largo, paciente y artesanal. Como deber ser.
Tal vez recuperar el verdadero sentido del Qigong y la salud signifique volver a la raíz: menos exhibición, más conciencia, menos promesas, más práctica viva.






