
El papel del Qigong en la sociedad china actual.
Un ensayo panorámico (cargado de ironía, antítesis y símiles) sobre una práctica tan antigua como la costumbre de madrugar en los parques y tan debatida como una mañana de invierno en Beijing.
Introducción.
Que el Qigong siga desplegando sus manos lentas en los parques de China no es solo nostalgia: es un acto social, político y médico que funciona a la vez como rezo laico, gimnasia y pantalla para proyecciones más amplias. Decir que el Qigong “es parte de la cultura china” sería cierto y, a la vez, una simplificación tan cómoda como una taza de té caliente en invierno. Tras esa afirmación hay una madeja de tradiciones, políticas públicas, investigación biomédica, movimientos sociales y mercados que empujan y tiran de la práctica en direcciones a veces convergentes, a veces contradictorias.
Tradición cultural: respiración de la memoria colectiva.
El Qigong nace en la encrucijada de la medicina tradicional, la filosofía (taoísmo y budismo), las artes marciales y la práctica popular. En la cultura cotidiana funciona como un gesto rítmico: cuerpos alineados, respiraciones sincronizadas, conversaciones que se entretejen entre los estiramientos. Es un ritual público que, como una radio vieja, comparte información no verbal sobre quien lo practica: edad, estado de salud, socialización.
Mientras la imagen tradicional lo pinta como algo atávico, sus formas modernas son sorprendentemente contemporáneas —programas comunitarios, clases online, vídeos virales— lo que demuestra que lo “ancestral” puede mutar con la velocidad de un scroll.
Dimensión médica y científica: entre evidencia y mito.
Desde el punto de vista biomédico, el Qigong tiene múltiples componentes: ejercicio físico de bajo impacto, control respiratorio, atención mental (parecido al mindfulness) y trabajo postural. Por tanto, sus efectos pueden derivar de la suma de esos elementos más que de una «energía misteriosa» invocada en términos literales.
Estudios clínicos muestran resultados prometedores en:
mejora de la calidad de vida en enfermedades crónicas (insuficiencia cardíaca ligera, EPOC),
reducción de ansiedad y mejora del sueño,
efectos modestos sobre la presión arterial y algunos marcadores de función inmune.
Pero la ciencia aquí funciona como un espejo convexo: muchos ensayos son pequeños, heterogéneos en metodología y con riesgo de sesgo. La conclusión prudente es que el Qigong puede ser un complemento útil —poco costoso y con bajo riesgo— para la salud pública.
El Qigong en medicina es como una cuchara de caldo en una cocina compleja: puede reconfortar, mejorar el plato y, a veces, revelar sabores olvidados, pero rara vez reemplaza al chef.
Percepción social: entre ritual y moda.
Ancianos y clase media: lo practican como ejercicio diario, socialización y ritual colectivo.
Jóvenes urbanos: lo miran con distancia, aunque algunos lo adoptan por razones de bienestar o estética.
Memoria política: la represión del movimiento Falun Gong en 1999 dejó una huella profunda: cuando el Qigong se convierte en movimiento carismático, el Estado reacciona.
Consumidores: existe un mercado creciente de cursos, retiros y productos asociados que convierten la práctica en un nicho turístico y de lifestyle.
Lo que una vez pudo ser remedio de la aldea puede hoy ser una marca premium en una app con tarifa mensual.
Promoción y regulación estatal: entre apoyo y control.
El Estado chino ha tenido una relación ambivalente pero pragmática con el Qigong:
Promoción cultural y de salud pública: encaja en planes como Healthy China 2030 y en programas de fitness comunitario.
Regulación estricta: tras los conflictos con movimientos masivos, el gobierno endureció el control de asociaciones, pero apoya formas institucionalizadas (escuelas certificadas, hospitales de medicina tradicional, cursos comunitarios).
Investigación oficial: universidades y hospitales han sostenido proyectos financiados públicamente.
El Estado alterna entre ser promotor (cultura, salud) y guardián (orden público); el Qigong es, simultáneamente, patrimonio que se exhibe y fenómeno que se regula.
Dimensión económica y cultural: industria y soft power.
El Qigong forma parte de un ecosistema económico: formación, turismo, retiros, publicaciones y productos audiovisuales. A nivel cultural también sirve como herramienta de soft power: exhibir prácticas tradicionales en eventos internacionales refuerza la imagen de China como depositaria de saberes antiguos.
El Qigong es para la industria cultural lo que una semilla es para un árbol: pequeña, pero con potencial para brotar en múltiples direcciones.
Controversias y desafíos.
Evidencia insuficiente en algunos usos: riesgo de promoción exagerada como cura milagrosa.
Comercialización excesiva: aparición de cursos de mala calidad, vendehumos y fraudes.
Control político: represión de movimientos independientes.
Desigualdad territorial: acceso desigual a instructores cualificados entre áreas rurales y urbanas.
Erosión cultural: riesgo de convertirlo en un producto vacío de su contexto original.
Qigong en la diáspora y la mirada global.
En el extranjero, el Qigong es adoptado con variaciones locales. A veces se descontextualiza, otras se integra en terapias de rehabilitación y mindfulness. Aquí actúa como puente cultural y espejo de las expectativas globales sobre bienestar.
Conclusión.
El Qigong es un poliedro: arte corporal, medicina popular, política cultural y mercado. Es, a la vez, tradicional y moderno, estatal y popular, terapéutico y comercial. Su valor social reside menos en una verdad única sobre “la energía” que en su capacidad para ofrecer un lenguaje corporal accesible de cuidado comunitario.
En una China que mira a la tecnología como motor del futuro, cientos de miles de cuerpos siguen encontrando consuelo en movimientos que parecen decir: «respira, detente, estira» —y en ese simple acto hay tanto futuro como pasado.




